lunes, mayo 16, 2011

Violentos de corazón

Hemos regresado. Sí. Hemos regresado a esos años que ya habíamos olvidado, a esos años que nos hacen recordar los ríos de sangre que dejó el conflicto armado que no hace mucho terminó. Las fosas clandestinas son la prueba de la huella de dolor que nos dejó la guerra de aquel entonces. Pero nada es clandestino ahora. Veintisiete cuerpos frescos a la luz del día son la prueba de la crueldad extrema y del cinismo de seres sin alma. Veintisiete víctimas inocentes de otra guerra que al igual que la anterior, no tiene ni ton ni son. Veintisiete familias humildes, desgarradas y desarticuladas. Ahora más niños crecerán sin un padre, más viudas, más lágrimas, más penas y dolor. Familiar, ¿verdad? Pareciera que la violencia es nuestro sello como país, una forma de vivir (o morir en tal caso) de la que parece no podemos desprendernos. La fórmula para salir de esto es sencilla: alimentación segura, salud y educación para todos (esto va para el Gobierno de turno) y comprender que sólo en Jesucristo podemos hallar la paz y plenitud como seres humanos, en medio de este mundo infernal.

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